Dicen que para
amar a alguien antes tienes que admirarlo.
Admiro a pocas personas.
Tal vez sea
por que no sea algo que se elige sino algo que ocurre. De repente te ves
asombrándote (para bien) cuando ya no acostumbrabas a ello.
El rasgo que
más admiro en una persona es la sonrisa. Creo que todo el mundo a priori se
enamora de eso, la sonrisa de una persona. Es un símbolo de superación, de
positividad, es tener tatuado un “sí” en el rostro, y eso, siempre atrae. Es como
ver un faro en medio del mar por la noche.
Admirar no
está de moda. O por lo menos, tenemos algo atrofiado el sexto sentido para
ello. Admiramos a futbolistas que no han hecho nada por nadie y discutimos a
menudo con gente que desempeña una labor más loable: aguantarnos. A menudo
pensamos que eso es algo que tienen que hacer las personas más cercanas:
soportarnos, porque pensamos que es un signo de amor hacia nosotros.
Una de las
lacras más extendidas es que nos cuesta no irnos a los extremos, o blanco o
negro, o idolatramos u odiamos, o lo que es peor, obviamos. Ignoramos la valía
de alguien, sus logros, su dedicación a su trabajo, su atención hacia nosotros.
La gente a la
que admiro es gente que se levanta y cuando pone el pie sobre el suelo hace temblar
a la Tierra, la gente a la que admiro es gente que vive descalza, que se pincha
al andar, pero aún sigue cabalgando a los lomos del día a día.
La gente a la
que admiro es gente mundana, anónima y en la sombra. Pero de las sombras que
habitan, son las más iluminadas que puedes encontrarte, son pequeños halos en
la oscuridad, esos pequeños oasis intransitables, desconocidos,
imprescindibles.
Porque cuando
se apagan los focos, cuando se cierran los micros, cuando se cierran los
libros, cuando te bajas del escenario, cuando dejas de firmar una columna… lo
importante simplemente es querer y que te quieran, eso es lo realmente
admirable.
In memoriam H. L. M
1- septiembre de 2015

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