jueves, 3 de septiembre de 2015

La gente a la que admiro

Dicen que para amar a alguien antes tienes que admirarlo. 
Admiro a pocas personas. 
Tal vez sea por que no sea algo que se elige sino algo que ocurre. De repente te ves asombrándote (para bien) cuando ya no acostumbrabas a ello.
El rasgo que más admiro en una persona es la sonrisa. Creo que todo el mundo a priori se enamora de eso, la sonrisa de una persona. Es un símbolo de superación, de positividad, es tener tatuado un “sí” en el rostro, y eso, siempre atrae. Es como ver un faro en medio del mar por la noche.
Admirar no está de moda. O por lo menos, tenemos algo atrofiado el sexto sentido para ello. Admiramos a futbolistas que no han hecho nada por nadie y discutimos a menudo con gente que desempeña una labor más loable: aguantarnos. A menudo pensamos que eso es algo que tienen que hacer las personas más cercanas: soportarnos, porque pensamos que es un signo de amor hacia nosotros.  
Una de las lacras más extendidas es que nos cuesta no irnos a los extremos, o blanco o negro, o idolatramos u odiamos, o lo que es peor, obviamos. Ignoramos la valía de alguien, sus logros, su dedicación a su trabajo, su atención hacia nosotros.
La gente a la que admiro es gente que se levanta y cuando pone el pie sobre el suelo hace temblar a la Tierra, la gente a la que admiro es gente que vive descalza, que se pincha al andar, pero aún sigue cabalgando a los lomos del día a día.
La gente a la que admiro es gente mundana, anónima y en la sombra. Pero de las sombras que habitan, son las más iluminadas que puedes encontrarte, son pequeños halos en la oscuridad, esos pequeños oasis intransitables, desconocidos, imprescindibles.

Porque cuando se apagan los focos, cuando se cierran los micros, cuando se cierran los libros, cuando te bajas del escenario, cuando dejas de firmar una columna… lo importante simplemente es querer y que te quieran, eso es lo realmente admirable.



In memoriam H. L. M
 1- septiembre de 2015

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