Todo cambió el día que dije:
"Hasta aquí, tú no me vuelves a humillar más.
Ni a gritar.
Ni a insultar.
Ni a empujar."
Todo cambió cuando me di cuenta de que no ibas a cambiar, pero a mí sí me estabas cambiando.
Cada vez decía menos lo que pensaba, cada vez estaba más apocada, más encerrada en mí misma cada vez más rota, más desengañada, más destruida, desnutrida emocionalmente, más olvidada de mí.
Apuntalando la realidad de una relación que se caía a cachos, un aire que no entraba aunque las ventanas estuviesen abiertas. Un ahogo constante, un: "¿se enfadará hoy? ¿Me gritará? ¿Tendré que salir corriendo presa del pánico?" Nadie lo sabía. Pero cada vez era peor. En los encuentros se encaramaba una sombra que teñía su mirada, si le había llamado, o no. O que por qué "pasaba" de él, que si pensaba que él era estúpido. Yo solo podía musitar disculpas, perdones, excusas, "tranquilo, por favor" suplicaba.
Era un toro y yo estaba en la plaza. No sabía qué hacer, si salir corriendo, o quedarme quieta, hacerme la muerta, o gritar para que alguien me oyese y viniera a salvarme.
No vino nadie.
Miré mi tatuaje, y leí lo que decía:
"Tú sabes que el amor es otra cosa, esto no te hará feliz".
Me miré al espejo y me vi tan triste, tan vencida, tan ojerosa, tan envejecida, tan sin mí, que me asusté. Me asusté, porque me busqué y no me vi. Porque no sabía encontrar mi mirada en mis ojos, que estaban estáticos como el agua estancada.
Mi mirada estaba deshidratada y sin aire, y ocurrió algo:
Lloré.
Lloré durante una hora.
Y mi espíritu volvió a mí para acompañarme.
Se volvió a instaurar.
Y me demolí.
Demolí las ruinas.
Y dije, ya no más.
El amor, empieza en uno mismo.
Y quien no me cuide, sobre todo el alma, se irá de mi vida, o le echaré a patadas.

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