lunes, 21 de septiembre de 2015

"El Penta"

En una noche de esas de Madrid. Risas, música "ochentera", y tú y yo conociéndonos en este bar. A ritmo de Antonio Vega y Urquijo. 
Aún recuerdo cómo vestía aquella noche y como ibas tú ataviado.
Aún recuerdo cada detalle.
La Jessica de la carrera de Periodismo a medio hacer, con los apuntes por toda la habitación, con los pañuelos de danza. Con el pelo rojizo sangrando entusiasmo.
Recuerdo que esa noche, antes de que aparecieses, encontré una alianza de plata en el suelo, y me llamó la atención que tuviese grabadas dos lagartijas unidas en su extremo.
"¿Significará algo?"- Pensé.
Nunca te lo he dicho, pero aún la guardo en mi baúl de madera.
Porque hay cosas que uno no olvida, sobre todo, las candelas encendidas en plena noche. 
Y tú, fuiste y serás, un gran fogonazo, un faro, donde me has esperado siempre, me has guarecido y protegido. Sobre todo, de ti mismo.
Este fin de semana, volveré a viajar al Penta, y te buscaré, te buscaré en las letras del Madrid de la "Movida". Del cuero y los tupés.
Del amor de madrugada, dando de beber al sediento de piel y calor.
Respirando amaneceres con un desconocido.
Yendo a verte al trabajo, e ir luego a comer "tartar" de carne y "mojitos" sin alcohol. 
Siempre intentando que yo me sintiera única.
Y después de tantos años. Te puedo decir que no erraste en absoluto. 
Gracias.

Elige sentir

Quédate no con quien te hable de amor, sino con quien te haga sentir amor. De todas las formas posibles que se pueda demostrar y experimentar. Quédate con los hechos. Desecha las palabras, y atrévete a sentir, a ver qué pasa.
A la ruleta rusa, o a la rutina.
A la incertidumbre o a lo ya estipulado.
A lo espontáneo o el amor de costumbre.
Al marido, o al amante.
A un siempre o a un instante.
A un por si acaso lo vivo sin medida, sin miedo, sin límites, sin etiquetas.
Sin tener la historia resuelta.
Sin que tengas que conocer tú a mis padres y yo a mi suegra.
Teniendo hijos de la ilusión,
De cuando te preguntas si saldrán con el verde de tus ojos o de los míos.
Y me río,
Y tiro porque me toca,
Porque me place,
Sin disfraces, ni trajes.
Piel a piel.
Beso a verso.
Construyendo poemas,
En los pentagramas de tu espalda,
De tu cuello,
De tus hombros,
De tu mirada.
Siendo casi tuya,
Casi eterna,
Casi enamorada.
Casi.
Casi.
Casi.
Casi...

martes, 15 de septiembre de 2015

Hasta aquí

Todo cambió el día que dije:
"Hasta aquí, tú no me vuelves a humillar más.
Ni a gritar.
Ni a insultar.
Ni a empujar."
Todo cambió cuando me di cuenta de que no ibas a cambiar, pero a mí sí me estabas cambiando.
Cada vez decía menos lo que pensaba, cada vez estaba más apocada, más encerrada en mí misma cada vez más rota, más desengañada, más destruida, desnutrida emocionalmente, más olvidada de mí.
Apuntalando la realidad de una relación que se caía a cachos, un aire que no entraba aunque las ventanas estuviesen abiertas. Un ahogo constante, un: "¿se enfadará hoy? ¿Me gritará? ¿Tendré que salir corriendo presa del pánico?" Nadie lo sabía. Pero cada vez era peor. En los encuentros se encaramaba una sombra que teñía su mirada, si le había llamado, o no. O que por qué "pasaba" de él, que si pensaba que él era estúpido. Yo solo podía musitar disculpas, perdones, excusas, "tranquilo, por favor" suplicaba.
Era un toro y yo estaba en la plaza. No sabía qué hacer, si salir corriendo, o quedarme quieta, hacerme la muerta, o gritar para que alguien me oyese y viniera a salvarme.
No vino nadie.
Miré mi tatuaje, y leí lo que decía:
"Tú sabes que el amor es otra cosa, esto no te hará feliz".
Me miré al espejo y me vi tan triste, tan vencida, tan ojerosa, tan envejecida, tan sin mí, que me asusté. Me asusté, porque me busqué y no me vi. Porque no sabía encontrar mi mirada en mis ojos, que estaban estáticos como el agua estancada.
Mi mirada estaba deshidratada y sin aire, y ocurrió algo: 
Lloré.
Lloré durante una hora.
Y mi espíritu volvió a mí para acompañarme.
Se volvió a instaurar.
Y me demolí.
Demolí las ruinas.
Y dije, ya no más.
El amor, empieza en uno mismo.
Y quien no me cuide, sobre todo el alma, se irá de mi vida, o le echaré a patadas.
Ese fue el mayor manifiesto de amor que he firmado nunca conmigo misma.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Te has vuelto a equivocar

Te has equivocado.
Y no importa.
A veces se gana, y a veces se aprende.
Eso dicen. No voy a maquillar la situación. No voy a almibararla, no voy a suavizarla. Porque oye, la has cagado, has errado, y ahora estás hecho trizas. Para que nos vamos a engañar. Que si creías, que si pensaste, que si parecía que esta vez sí, que jolín podía triunfar el tino del destino y por fin que la ruleta cayera en tu número. Hemos estado cerca. Pero no. Y no me vengas con que no lo veías venir, que los miopes vemos mejor con el alma, y hasta mi alma a oscuras lo veía a la legua.
Pero bueno, después de caminar tanto por el desierto, los espejismos son tan atractivos, como los oasis cuando el corazón está sediento.
Y no, no te voy a decir que no pasa nada, porque uno se queda tocado, hundido y con el letrero de "se alquila", vacío y apático, que más da, piensas. Ya para qué seguir esforzándonos. Qué pereza.
Te has vuelto a equivocar, y no te voy a decir que "no te ralles", que sigas intentándolo, que eres muy joven, que vendrán más oportunidades.
Eso ya lo sabes, y en estos momentos no calma. Te diré algo: equivocarse es bueno, y darse cuenta aún mejor.
¿Cuánta gente anda metida en dinámicas laborales, sentimentales y coyunturales sin percatarse, o sin querer hacerlo, de que están equivocándose día tras día?
Por unos momentos, días, meses o años, pensaste que eso podía ser, que eso era bueno, que eso era el manjar de la vida, sushi y soja. Por unos segundos, parecía que todo encajaba y el cartel de la vida lucía sus neones por encima de tu cabeza.
Por unos instantes creíste, te ilusionaste y viste todo tan real, que igual ha merecido la pena, volver a resbalarte. Hay gente que resbala, y jamás es por perseguir un espejismo, un anhelo, un sueño.
Nunca se caen del caballo, porque no se atreven a cabalgar a la vida.

jueves, 3 de septiembre de 2015

La gente a la que admiro

Dicen que para amar a alguien antes tienes que admirarlo. 
Admiro a pocas personas. 
Tal vez sea por que no sea algo que se elige sino algo que ocurre. De repente te ves asombrándote (para bien) cuando ya no acostumbrabas a ello.
El rasgo que más admiro en una persona es la sonrisa. Creo que todo el mundo a priori se enamora de eso, la sonrisa de una persona. Es un símbolo de superación, de positividad, es tener tatuado un “sí” en el rostro, y eso, siempre atrae. Es como ver un faro en medio del mar por la noche.
Admirar no está de moda. O por lo menos, tenemos algo atrofiado el sexto sentido para ello. Admiramos a futbolistas que no han hecho nada por nadie y discutimos a menudo con gente que desempeña una labor más loable: aguantarnos. A menudo pensamos que eso es algo que tienen que hacer las personas más cercanas: soportarnos, porque pensamos que es un signo de amor hacia nosotros.  
Una de las lacras más extendidas es que nos cuesta no irnos a los extremos, o blanco o negro, o idolatramos u odiamos, o lo que es peor, obviamos. Ignoramos la valía de alguien, sus logros, su dedicación a su trabajo, su atención hacia nosotros.
La gente a la que admiro es gente que se levanta y cuando pone el pie sobre el suelo hace temblar a la Tierra, la gente a la que admiro es gente que vive descalza, que se pincha al andar, pero aún sigue cabalgando a los lomos del día a día.
La gente a la que admiro es gente mundana, anónima y en la sombra. Pero de las sombras que habitan, son las más iluminadas que puedes encontrarte, son pequeños halos en la oscuridad, esos pequeños oasis intransitables, desconocidos, imprescindibles.

Porque cuando se apagan los focos, cuando se cierran los micros, cuando se cierran los libros, cuando te bajas del escenario, cuando dejas de firmar una columna… lo importante simplemente es querer y que te quieran, eso es lo realmente admirable.



In memoriam H. L. M
 1- septiembre de 2015

martes, 1 de septiembre de 2015

No más H'oponopono

Me da igual. No pienso volver a pedir perdón. Lo he normalizado tanto que ya no tiene caso.
Perdón por molestar.
Por estornudar. Por aclararme la voz. Por pedir. Por dar. Por preguntar. Por nacer. Por seguir viviendo. Por ser feliz sin ti. Por reírme aunque a veces no haya motivos. Por llorar. Por escribir. Por contestar. Por encabronarme. Por defenderme. Por respirar. Por ahogarme.
De ahora en adelante voy a pedir disculpas en el caso de que hiera a alguien, y lo haré una vez. Nada de ir mendigando indultos, nada de ir demandando la extremaunción.  
Fuera súplicas. Fuera "por favores". Tanto insistir. Tanta educación. Tanta conmiseración. Tanta empatía.
Tanto método de H'oponopono. Que si "lo siento". Que si "perdóname". Que si "gracias". Que sí, que no, que caiga un chaparrón. Ah, y sin perdón.