Ayer estuve con una amiga, la cual comenzó a sufrir de un momento a otro, fuertes dolores que casi la dejaron al borde de la rigidez y del colapso, empezó a sentir gran dolor en la zona ovárica y su rostro se transformó en palidez y hieratismo, me asusté pero me acordé de qué hiciste tú conmigo cuando me pasó a mí: pensé en ponerle las agujas, lo mucho que aprendí sin saberlo sobre los meridianos de la mano, y cómo a veces un dolor punzante y certero, puede ser sanador, cómo el dolor saca el dolor, y que el "veneno" se convierte en el mejor antídoto.
Busqué una aguja fina, y la comenté la posibilidad de mitigar el dolor mediante esa técnica, me miró al principio con algo de confusión, pero luego confió, imagino que cualquier cosa era mejor que ese dolor que casi la transmutaba, que la estaba quemando la expresión de la cara.
Cogí la palma de su mano, y recordé mentalmente el punto exacto, y presioné con la aguja, aliviando casi de inmediato el dolor más interno.
Poco a poco fue mermando el punzante dolor del vientre, recuperó el pulso relajado y la respiración volvió a ser pausada.
Me sentí conectada con ella, conmigo, y cómo no, contigo, que fuiste quién me enseñaste a paliar el dolor, del cuerpo y del alma.
Me sentí en deuda contigo una vez más, por ser maestro de tantas cosas.
Y de decirte que sí, que estuve a punto de escribirte, pero algo afilado atravesó mi corazón, esta vez, fue un alfiler de, igual ya fue, igual, escribir un agradecimiento sea más molesto que otra cosa, no querer molestarte, no querer ser, desaparecer, quedarme en silencio y esperar a que de nuevo, leas esto, y sea mi escondida manera de decirte que te quiero, y que aunque ya no te espero, te doy las gracias por todo,
y por tanto.

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