jueves, 2 de junio de 2016

Soy una niña institucionalizada

Mi nombre es Naia, y estoy institucionalizada. Me ha costado mucho aprenderme esta palabra, y aún más pronunciarla, pero así es, mi realidad se parece mucho a lo enrevesada que suena.

Estar institucionalizada significa que tu tutela es del estado, eres un niño del estado, eres de todos, y no eres de nadie, y casi menos mal que al menos estoy aquí, porque si no, no sé qué hubiera sido de mí.
Bueno, mejor no pensarlo, que demasiado tengo que procesar: una larga trayectoria que arrastro en mi corta experiencia de vida. Solo tengo 15 años, y ni soy un bebé "adoptable", ni una niña ya apenas, ni una adulta, ni casi sé bien quién soy yo, mi identidad es un continuo otoño con ganas de primavera. 

Veo más a los trabajadores sociales del centro que a mis progenitores. Disculpad que no les llame padres, pero esa palabra no la siento tan cercana. Mi madre es una señora con una problemática de vida en vías de desarrollo estancado, que viene cada tres meses a firmar un papelito y a verme.
A veces sueño, con que se le olvida venir, que se le pasa el plazo y mi historial evoluciona y llego a ser adoptada, pero no falla, sé que es su forma de quererme, pero ojalá hubiese cortado el cordón umbilical que nos unió un día hace tiempo, ojalá hubiese pensado más en mí como hija, que en ella como madre.

Ojalá lo hubiera pensado el estado antes de haberme confinado a esta cadena perpetua, donde no me falta de nada y me falta de todo, lo primordial para vivir, una familia.

Todavía no está todo perdido, aún quedan 3 años para que una familia me pueda acoger, aunque llegaré con una niñez de retraso, solo espero poder formar parte de algo en algún momento, poder dejar de ser un sujeto paciente, a ser un sujeto activo.

Ojalá no vinieras a firmar más, madre, ojalá supieras pensar, más en mí que en ti, alguna vez.

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