- Nunca sabéis, chicos...- nos decía mi tío Juan mientras almorzábamos o tomábamos el desayuno.
- ¿Cómo así tío?- preguntaba yo, curiosa, cómo no... casi contagiada de giros propios peruanos que adopto cuando viajo allá, perdón, allí.
- Sobrina, yo siempre les digo a mis hijos, ahora te lo digo a ti, que hay que tratar bien a todo el mundo, no solo a quien sepas que has de caerle bien. Haced el bien al prójimo, no importa quién sea, les repito, que uno nunca sabe...
Mientras desayunaba el tamal que me había traído mi tía del mercado, o el ceviche, miraba a mi tío extrañada y ávida de saber por qué nos aconsejaba eso.
- Cuéntale a la prima, papá.
Yo sonreí y dejé de comer, dispuesta a escuchar.
Lo que a continuación nos contó me dejó pensando casi puedo decir que hasta la fecha, como bien señalaba mi tío, uno nunca sabe quién es realmente con quien uno se encuentra en la vida, aunque sea un encuentro casual y rápido, incluso.
¿Queréis escuchar la historia?
Estoy segura de que sí...
Mi tío es médico en un municipio costero del Perú, donde vive casi toda mi familia paterna.
Un día, encontrándose de guardia, entró un paciente herido de bala, en estado muy crítico. Al conocerse que el muchacho había sido disparado mientras intentaba perpetrar un robo, ninguno de los médicos quiso intervenirle, nadie quería salvar a un ratero, a un ladrón, a una persona de dudosa catadura humana, digamos.
Mi tío sí se ofreció: "no puedo juzgarle hoy, en este momento para mí es solo un ser humano que necesita mi ayuda para sobrevivir, y no se la negaré." Los colegas de mi tío, no le entendieron, pero sé que a él tampoco le hacía falta aprobación alguna para hacer lo que él creía correcto. Le asistió, y le ayudó. Qué templanza, la virgen.
Un día mi tío fue de visita a la capital, Lima es algo más peligrosa para pasear, ocurren más robos, digamos. Pues a mi tío al bajar del autobús donde viajaba, le tiraron entre dos al suelo y se dispusieron a quitarle el maletín, mientras forcejeaban con él. Mi tío vio que alguien corría hacia los ladrones y se encaraba con ellos, recibiendo los golpes de rabia y furia. Mi tío no sabía qué pasaba, pero acertó a escuchar algo: "Corra, doctor, corra". Se levantó como pudo, algo confuso, tomando su maletín y se percató de la identidad de su protector: era el ratero al que salvó un día, a 600 km de allí, cuando era él quien estaba en peligro.
Viva mi Perú, y su gente, viva mi familia, y vivan los ejemplos de los que bebo, cuanto más viajo y más los conozco.

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