sábado, 5 de diciembre de 2015

La historia de Golfi Alejandro

Íbamos de viaje a Almería.
Era Semana Santa y arreciaba un calor de mil demonios por latitudes murcianas.
Un horror.
Teníamos el depósito lleno pero moríamos de calor, aún con elaire puesto teníamos la sensación del efecto invernadero capaz de aniquilarte la paz interior, la calma y el adn como te descuidaras.
Reparé en un "animalillo" pequeño y enclenque que se subía al vuelo de mi falda con sus dos patitas delanteras, estaba calvito en muchas zonas de su pelaje y con signos de desnutrición.
-¿Y este perro? ¿Es suyo? - pregunté a la dependienta de la gasolinera.
- Nah, a este le abandonaron el miércoles, le he puesto agua al animalico.
- Agua...- musité, algo contrariada...
Miré alrededor y divisé algo, camiones enormes maniobrando sin cuidado y a sus anchas en aquellas desértica gasolinera de polígono del extrarradio y casi podíamos decir, del extra mundo. Miré al perrito, estaba débil y algo desorientado.
"Se va a morir aquí, vas a durar dos días aquí, chaval..." le sentencié esperando que mi intuición fallara, aunque por suerte o por desgracia, erro muy pocas veces en mis premoniciones.

Ojalá aparezca alguien, ojalá venga alguien bueno y te salve de morir entre las ruedas de alguien que no te vea y no le dé tiempo a esquivarte...
Una vez, siendo pequeña, ya enganchada a los géneros periodísticos, oí una entrevista de la actriz Victoria Abril en la que dijo algo que me trastornó y transformó de gran manera, dijo algo como que nos creíamos que ser solidiarios era dar dinero a las asociaciones de caridad, y que ella no decía que eso no fuese loable, pero que la verdadera solidaridad era la que ejercíamos con el prójimo, el de al lado, el que cohabita y respira pulmón a pulmón con nosotros, y que por ejemplo, llevarle las bolsas a tu vecina mayor, era, en sí, un gesto de empatía y generosidad.
Y entonces, me di cuenta de que pedía que alguien fuese capaz de salvar a ese pequeño can de las fauces del cruel destino que le auguraba, pero que si nadie llegaba, siempre me preguntaría si yo era la persona que otros habían deseado que llegara para él, y no me había dado cuenta. Todos relegando nuestra responsabilidad a otros. Pero como dice mi padre: "con rezar en la vida no basta hija, hay que actuar para cambiar los acontecimientos."
Y cuando ya sentada en el coche, en el asiento del copiloto se volvió a encaramar sobre mis rodillas y me miró, me di cuenta de que yo no era su oportunidad, y de que a lo mejor, él, ese ser, era la mía.
Nunca olvidaré la generosidad que tuvo la persona que conducía en ese momento, que sin importarle su coche o su casa, donde nos dirigíamos me susurro:
- Anda, súbelo.
 
Continuará...

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