Lo siento. Perdóname. Sí, sé que es duro. Te has enamorado, te gusto de verdad, estás con la ilusión a flor de piel y los ojos vidriosos. Pero no. No quiero ser yo quien te vuelva a llevar de la mano. En serio. Discúlpame. Busco un momento. Un devaneo. Un divertimento. Un pasatiempo. Ambos seguiremos con nuestras vidas después. Vamos. Ya sabías de qué iba esto. No intentes ahora decir que pensabas que nos casaríamos, por favor, por Dios. Venga, hombre.
Al cabo del tiempo, ella cambió totalmente de paradigma vital, y un día tonto, se volvieron a regalar miradas y empujones pueriles hijos del galanteo más inocente. Al anochecer la desnudez vestida de otra piel cerró el círculo que una vez habían abierto y él comenzó a acariciarla, a oler los pliegues escondidos en su cuello, en sus hombros, en sus muñecas. Esa noche, la luna brillaba más que nunca. Él supo que esta vez no la podía dejar escapar. La suplicó que se quedase a dormir. La tomó desde la espalda y la abrazó hacia él por la cintura y acurrucó su barbilla contra la nuca de ella. Él respiraba profundamente, ella parecía que también. Pero se deslizó como el agua entre los dedos y se zafó de su abrazo y del cuerpo de él cuando sintió que él se había abandonado al sueño.
A la mañana siguiente él se levantó con una sonrisa, que se disipó al no verla sobre su lecho.
La buscó en las demás estancias de la casa. comenzó a desesperarse. ¿Qué había hecho mal?
Había una nota que decía: "Lo siento, cielo, mío, pero ya no". La firmaba un beso teñido de carmín.
El beso de buenos días que intuyó que ella ya nunca querría darle.

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