miércoles, 30 de agosto de 2017

Cómo la danza oriental me ayudó a escapar

A mí me enseñaron a aguantar los golpes.
A luchar sin protecciones ni planes, no me enseñaron a protegerme, solo a quedarme quieta y a esperar estoicamente a que amainara la tormenta.
Me enseñaron a que los muros eran infranqueables y que había que esperar a que ellos mismos cayeran de motu proprio, y respirar mientras todo seguía su curso, rezar para que los muros no me quitasen la visión del mundo. Aprendí a encaramarme a ellos para ver aún mejor, con más altura y más perspectiva.
Quise volar alguna vez de allí, pero hasta para ello necesitaba unas alas, un plan, para no salir más perjudicada en el intento. Si algo salía mal, y me rompía el cuerpo, ni las mejores alas me sacarían de allí.
Así pues, hice de los muros, azoteas, escenarios, desde donde bailaba, imaginando mi vida fuera de las fronteras, viendo cómo era la vida fuera, cómo la gente vivía sin miedo y a corazón abierto.
Y ejercité mi mente y corazón, para trepar muro abajo algún día, pero un día, después de la frustración de saber que habría que esperar más, bailé sin descanso todo un día, hasta quebrarme las rodillas y romperme hasta las vestiduras del alma.
Tuve que permanecer sin bailar casi 100 lunas, y mis esperanzas mermaron.
Al no poder mover mis rodillas comencé a mover mis manos queriendo tocar el astro de la noche, los dedos, los brazos, en ondas hipnóticas buscaban mecer el ulular de la noche, poco a poco, movía el plexo solar, el tronco, el vientre, la cadera, descubrí que esa danza me calmaba sin herir mis articulaciones, cansadas de tanto bailar para olvidar.
Al tiempo mi cuerpo se había fortalecido y las rodillas ya no gritaban de dolor al moverme y fue entonces cuando descubrí la danza de la luna, a bailar desde el amor y no desde la rabia, y en definitiva lo que fortaleció mi ser hasta poder huir para siempre de los áticos a los que fui confinada una vez...

No hay comentarios: