Lo confieso.
Me he pasado la vida con miedo a molestar. Sí, sí, así, como suena. A que todo lo que hiciera molestara, perturbara, importunara, o qué sé yo, ofendiera mínimamente a alguien. Qué cosas.
Pidiendo perdón casi en genuflexión de las palabras, que se postraban hacia cualquier persona.
Disculpa, perdón, lo siento... Me las sé todas, sí.
Y lo peor es que no eran "lo sientos" sinceros, eran "lo sientos" para evitar problemas, huir de la confrontación. "Si pido perdón, me dejarán en paz", pensaba yo, pero nada más lejos. Mi contrincante, como una hiena olía mi miedo tras mi afanada pleitesía, solo había franjas quebrantables de terror a la afrenta y a perder lo poco que tenía, pero poco a poco, fui perdiendo, paradójicamente, lo poco que me quedaba; la dignidad.
Porque, entendámonos, un perdón sincero cuando está de Dios, porque has metido la pata hasta el fondo, está genial y soy la primera en hacerlo saltar de mis labios, pero un perdón por molestar, o por haber molestado, o por lo que molestaré, ya nunca más.
Y quien te haga sentirte así, solo quiere una cosa, verte cada vez más chiquitito.
Y si alguien consigue hacerte eso, entonces sí, pídete perdón.

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