Cuando uno no es capaz de superar algo que le agrede el alma, se lo "auto-cura" con alguna adicción, algunos usan drogas, otros el alcohol, otros el deporte, otros con el trabajo, otros con lo que creen que es amor... Yo me enganché a viajar. Necesitaba huir cada cierto tiempo de una atmósfera que me se hacía irrespirable, una realidad de la que huía, que no quería mía.
Viajaba con rumbo y errante, perdida, para encontrarme. Era como inyectar una buena dosis de morfina en mi maltrecho corazón.
Pero ahora ya no necesito viajar para huir, ya no huyo, ya no tengo miedo, ya no rebusco en un futuro queriendo borrar un pasado, ahora estoy lúcida y con ganas de enfrentarme a plena luz con la realidad, estoy preparada, pero viajo la semana que viene y me siento como un ex alcohólico que por primera vez va a una fiesta sin usar un brebaje etílico para meterse en su papel lúdico.
Tengo que aprender a vivir de nuevo, porque ya no hay subterfugios, porque ya no hay máscaras, porque ya no hay nada que me dé más miedo que huir y emborracharme de vida, sin filtrar sin guardar nada en la recámara de la memoria.
Ahora quiero ser consciente de todo, y viajar para ir, no para irme.

No hay comentarios:
Publicar un comentario