Cuando yo era una insufrible, me
comportaba de forma algo déspota con los demás. No sé. Con cierto
desdén, quizás. Con cierto desapego, con cierta distancia
emocional. Llegaba tarde a todas mis citas, o ni llegaba, porque al
final me cogía el 32 hasta la Plaza Benavente y me iba a pasear sola
por Sol. Y sí, hablaba de mis minucias, pero jamás de las más
graves, que pululaban en el mundo abstracto de mis emociones, en una
caja de Pandora, cerrada a consciencia, y sepultada y enterrada, como
una parte de mí, que actualmente estoy rescatando, y con quien estoy
haciendo las paces actualmente.
Le pido perdón todos los días por
haberla abandonado hace tantos años, pero es que necesitaba seguir
hacia adelante, y tenía que decidir si seguir sin ella, aunque me
doliera o hundirnos las dos, y gracias a que me despojé de ella,
ambas hemos podido sobrevivir y unirnos más adelante.
Huía del compromiso, tanto en mis
relaciones de pareja, como de amistad, estaba, pero a medias, a
veces, como si dejase solo un espectro de mí, mientras desconectaba
la realidad del corazón, anestesiándome cada día un poco más.
A veces, salía corriendo literalmente
si me daba un bajón, o me iba a patinar a las ollas del
polideportivo hasta que me ardían las rodillas de la rabia, hasta
que me empotraba literalmente contra alguna pared de aquel cemento
que me cercaba, como sentía que a veces, era mi día a día.
Y entonces, encontré una manera de
salir adelante, y fue la risa, reírme hasta de mi sombra, y lo que a
algunos les atraía de mí, mi gesto risueño, a otros les parecía
un perfil pueril de una muchacha que parecía que guardaba un oasis
en su interior, mientras que por fuera se moría de sed.
A todos los que alguna vez, dejé
plantados, o esperando una, dos, o tres horas, y que seguisteis
hablándome, intuyendo que detrás de mis desplantes ocurría un
torbellino emocional, gracias, y a los que nunca fui capaz de
haceros entender de que la guerra no la tenía con vosotros sino
conmigo misma, perdón.

No hay comentarios:
Publicar un comentario