Prefiero que me odies por decir la
verdad a que me ames por mi mentira. Así te lo digo. No valgo para
ser políticamente correcta. Para adularte los oídos y decir “sí,
buana” a todo. Qué pereza.
Hace poco me pasé tres pueblos con
alguien, y lo peor, o lo mejor de todo es que lo hice por amor. Sí,
sí, por amor. “Ala, qué cínica eres” Estaréis pensando, y tal
vez lo fui, y he estado sopesando fríamente en pedir disculpas a mi
amado damnificado porque ahora está muy cabreado conmigo, y no es
para menos, pero ¿sabéis qué? Que cuando uno está haciendo el
tonto en la vida y peor aún “con la vida”, de vez en cuando,
necesita que alguien le diga algo tan obvio pero que por tal cualidad
nadie dice: “Eh, tú, deja de hacer el gilipollas, anda”.
Y tal vez no era yo quien tenía que
cantarle las cuarenta, ni siquiera por amor, pero, ¿hasta qué punto
debemos dejar que alguien se dé una y otra vez contra un muro
calladamente? ¿hasta qué punto es peor hacer daño siendo franco
una vez, que con la falsedad del silencio continuada?
Bueno, que sepáis que mi futuro marido
me ha pedido el divorcio antes de casarnos porque considera que soy
un ser vil y despiadado que adolece de sentimientos y empatía por
haberle instado a dejar sus actitudes autocompasivas y a
autodestructivas, vamos, que le conmine a dejar de tocar las narices
a diestro y siniestro y a que espabilara. Y no, hay cosas, por las
que realmente no quiero que me perdonen, que me perdone quien no me
hizo sentir nunca nada tan fuerte, como para poner el suelo patas
arriba y decir: “Tú, despierta y déjate ya de historias”,
porque cuando pasas de todo, es porque ahí todo está perdido.




