jueves, 30 de agosto de 2018

Ojos Zarcos

Yo no era diferente para ti, yo solo era "zarca". Para ti era tu nieta "la española", manos blancas, blancas, pelo "amarillo", ojos "zarcos", como tu hermano el que murió.

Yo, que a veces necesitaba saber de dónde me salían estos ojos, y tú, dándome respuestas, con una tranquilidad aplastante e inquebrantable...

- Abuela, no tengo el pelo amarillo, es rubio- te decía yo.

Tú cerrabas un poco los ojos tocando mi cabello y riendo me decías: "es amarillo".

Me hiciste sentir tan tuya, que la distancia de un océano se la tragó el cariño, yo te acariciaba el dorso de la mano e intentaba siempre grabar ese momento y todos los que compartíamos, porque sabía que algún día, el reloj de arena que marca nuestras vidas, nos separaría.Los abuelos son personas que jamás deberían irse sin antes haber dejado una huella imborrable en sus nietos.Tu marca ya vive en mi piel como un tatuaje a fuego, y solo espero que te quedes siempre conmigo, como la vez que al volver de Perú, me entraron unas fiebres altísimas y soñé entre temblores y alucinaciones, que te quedabas a mi lado cuidándome.

Pero lo mejor es que me enseñaste una frase que también ha heredado mi padre, una frase muy de la señora Grimaneza, haciéndose respetar, poniendo un pie en el suelo y haciendo que el Macchu Picchu, vibrase: "Ya no. Ya"

Te quiero, mamita Grima.


Las abuelas de verdad

Hay veces que con ver a una persona la primera vez ya sabes que será siempre importante para ti.
Una abuela no es alguien con quien compartes consanguinidad, o unos genes recesivos. Aunque suela coincidir.
Las abuelas nacen del orgullo que sienten ellas al ver a sus nietos, como ramas más jóvenes del mismo árbol, del que ellas son raíces. Es el sentimiento de que los nietos les pertenecen, no desde un punto posesivo, sino desde el amor que nace de las entrañas.
El último nexo familiar que ellas viven con alguien, ya que antes fueron hijas, hermanas, primas, sobrinas, nietas, esposas, madres, ser abuelas es el último lazo familiar que tendrán entre sus brazos y exprimen cada beso y caricia como si no hubiera mañana, como si sus cariños fuesen la mejor agua para regar las simientes de sus corazones.
Si algo entendí del concepto de familia me lo enseñaron mis abuelas, y si algo entendí es que el "haberlas tenido", es el mejor legado que nos dejarán, la mejor herencia.

jueves, 23 de agosto de 2018

Santa Rosa de Lima

Hoy, ya hace 6 años de la última recaída de mi padre, mi Rey Inca. Yo andaba en tierras peruanas y mi hermana me escribió por una red social para decirme que "no me preocupara pero que papá estaba en la UCI del "Marañón", nuestra segunda casa durante una larga temporada.
Yo estaba a un océano de distancia y me acompañaban mi tía querida y mi primo. Pasamos un viaje bastante raro, porque andábamos preocupados y sin saber bien qué hacer, si darnos ánimos, llorar o qué.
Yo cogía mi vuelo dos días después, y entramos en la iglesia de "Santa Rosa de Lima", dejamos mensajes y velas, pedimos que le diera fuerza, al menos, que si la cosa iba mal, que me diese tiempo a llegar a Madrid y despedirme de él.
Le había entrado una infección en la sangre y todo era cuestión de su fuerza y defensas, ambas muy mermadas.
Da igual si eres ateo, religioso, agnóstico o crees en la ciencia, cuando tu padre pende de un hilo, solo puedes pedir al cielo.
Hoy alguien me ha recordado que era la festividad de Santa Rosa de Lima, y he encendido una vela en mi casa, a kilómetros de la capital peruana, que me sostuvo en esos días aciagos, donde solo podíamos confiar y pedir.

Rescatando a Valeria

Cuando se despertó esa mañana, Valeria, vio una sombra de espaldas tocando el piano. La luz de un día de agosto, más casi de septiembre entraba por las ventanas de un piso cercano a la rivera del Manzanares. Olió las sábanas blancas, que tapaban disconconformemente su piel, pero no era eso. Había unas rosas en el lado donde "él" había dormido.
No sabía bien que había pasado, o bueno, sí.
Es decir, ella estaba triste por su reciente ruptura y "él"... ¿Qué había hecho "él"?
Lo que Valeria sabía es que se había acompañado, de la forma más bella que se podían haber acompañado dos personas perdidas en una noche gélida de verano.
Ojalá hubiera sido solo un desahogo, ojalá hubiera sido una pulsión carnal, algo animal y efervescente, pero no.
Acarició la suave pátina de los pétalos y después deslizo la yema de sus dedos hasta el tallo, buscando las espinas y hundió sus dedos suavemente, hasta que una gota rojiza se deslizó por su piel.
- Valeria, mujer, ¿qué haces? ¿no sabes que las rosas pinchan?- él se había percatado en algún momento de ello, siempre lo hacía.
- Déjame- rió Valeria- necesitaba saber si todo esto había sido real.