viernes, 25 de noviembre de 2016

Cuando yo era una insufrible

Cuando yo era una insufrible, me comportaba de forma algo déspota con los demás. No sé. Con cierto desdén, quizás. Con cierto desapego, con cierta distancia emocional. Llegaba tarde a todas mis citas, o ni llegaba, porque al final me cogía el 32 hasta la Plaza Benavente y me iba a pasear sola por Sol. Y sí, hablaba de mis minucias, pero jamás de las más graves, que pululaban en el mundo abstracto de mis emociones, en una caja de Pandora, cerrada a consciencia, y sepultada y enterrada, como una parte de mí, que actualmente estoy rescatando, y con quien estoy haciendo las paces actualmente.
Le pido perdón todos los días por haberla abandonado hace tantos años, pero es que necesitaba seguir hacia adelante, y tenía que decidir si seguir sin ella, aunque me doliera o hundirnos las dos, y gracias a que me despojé de ella, ambas hemos podido sobrevivir y unirnos más adelante.
Huía del compromiso, tanto en mis relaciones de pareja, como de amistad, estaba, pero a medias, a veces, como si dejase solo un espectro de mí, mientras desconectaba la realidad del corazón, anestesiándome cada día un poco más.
A veces, salía corriendo literalmente si me daba un bajón, o me iba a patinar a las ollas del polideportivo hasta que me ardían las rodillas de la rabia, hasta que me empotraba literalmente contra alguna pared de aquel cemento que me cercaba, como sentía que a veces, era mi día a día.
Y entonces, encontré una manera de salir adelante, y fue la risa, reírme hasta de mi sombra, y lo que a algunos les atraía de mí, mi gesto risueño, a otros les parecía un perfil pueril de una muchacha que parecía que guardaba un oasis en su interior, mientras que por fuera se moría de sed.
A todos los que alguna vez, dejé plantados, o esperando una, dos, o tres horas, y que seguisteis hablándome, intuyendo que detrás de mis desplantes ocurría un torbellino emocional, gracias, y a los que nunca fui capaz de haceros entender de que la guerra no la tenía con vosotros sino conmigo misma, perdón.


miércoles, 2 de noviembre de 2016

Yo no quiero que un "Monstruo venga a verme"

Una de mis alumnas de 4 años, me cogió  hace poco de la mano, me sonrió, y me preguntó: 
-"Profe, ¿tú tienes mamá?"
-"Sí, cariño, tengo mamá"
Me sonrió aún más y me respondió:
- "Yo también, profe".
- "Me alegro mucho, Sofía."
Ella siguió sonriendo y a mí casi se me saltan las lágrimas, porque ellos saben qué es lo importante de la vida. Por eso y
o no quiero que un "Monstruo venga a verme". No quiero. Otra vez no. A veces, se me nubla la mirada pensando en que algo así pudiera volver a pasar, y debo confesar que me cuesta no caer en la tristeza.

Voy a ir a ver la película, aunque pueda abrir viejas heridas, viejos sentimientos, y viejos miedos. Porque aún hoy, de vez en cuando, lloro sin motivo, y cuando me preguntó qué me pasa, me acuerdo de esos días, donde me daba tanto miedo que en alguna visita a la UCI, no aguantaras más, y te apagaras. Aún a día de hoy, la palabra cáncer, me sigue dejando sin aliento y con ganas de correr sin rumbo, queriendo escapar de algo que no se huye ni yendo en dirección contraria, esa espada de Damocles, que como un péndulo, te recuerda, la fragilidad y el valor de la vida.