
Algunos me llamaron inconformista.
Me dijeron que no podía ir por la vida con esa actitud tan positiva.
Que la vida no era "eso".
Que la vida era dura y cruel.
Que la vida es un sufrimiento continuo.
Una preocupación cotidiana.
Una culpabilidad interna como una úlcera que atajamos con un ibuprofeno de olvidos y distancias.
Me dijeron que no podía ser tan soñadora.
Que tenía que olvidarme de volar.
Que tenía que matar de un tiro, a los pájaros que adornan la aureola de mi cabeza.
Me negué.
Me negué a reprimir mis sueños.
Me negué a cortar unas alas reales para sustituirlas por un tatuaje de las mismas sobre mi piel.
Me niego a tener una vida convencional porque haya que tenerla.
Dormir a las 11 y levantarme a las 7.
Hacer tres comidas al día porque así está estipulado.
A dormir cuando no tienes sueño.
A estar rodeado de gente que no te aporte nada.
A dejar la danza porque "eso no tiene salidas", cuando en toda mi vida ha sido la única puerta abierta que he tenido siempre a mi disposición.
Me niego a ser una más, uno más.
Me niego a besarte sin sentir nada.
Me niego a casarme contigo porque me convengas.
Me niego a cortarme la coleta.
Me niego a no perder la chaveta,
de vez en cuando,
me niego a negarme a mí misma,
para afirmar algo que alguien quiere que sea.
Me niego.
Jessica.

