Mi pareja y yo llevábamos juntos 5 años y medio, él quería irse a vivir conmigo y yo necesitaba terminar mi carrera, quería aún viajar, resarcirme y sanarme después de mil vicisitudes acaecidas en mi vida personal, me hubiera gustado que se quedara, que tomara mi mano hasta que todas las tormentas que venían pasasen, pero él quería dar paso a sus preferencias, ¿y dónde quedaban las mías?
"¿Para qué quieres terminar la carrera? Aún te queda un año entero, sabes que no lo vas a conseguir". Sus palabras ejercieron de muelle para mi resiliencia enmohecida pero latente. "Te aseguro que lo haré".
Hay gente que me dice que teníamos prioridades distintas, pero creo que el problema es que yo tenía que acoplarme a sus necesidades, menesteres y cuadrícula de vida, a su hoja de ruta.
Para celebrar que lo habíamos dejado, compré un billete a Puerto Rico, y me dejé sanar durante toda mi estancia por el Caribe y mis amigos de allí, que no comprendían como mi novio podía haber dejado sola en ese momento. Mi padre aún recibía ciclos de quimio y yo, estaba deshecha, volver a encaramarme a la carrera, volver al ritmo de la Universidad, subirme a los escenarios, a gritar con las percusiones, que exorcizaban mi dolor.
¿Creéis que alguna vez me ha llamado para preguntar si mi padre seguía bien? ¿Si necesitaba algo?
¿Un abrazo?
Nada.
Me castigaba por rebelde, por ser una "egoísta", por querer sobreponerme, por querer sacar al ave fénix, antes de convertirme en un canario enjaulado.
"Elige, Jessica". Y ahí, lo vi.
Si me das elegir entre tú y yo, mi amor, me quedo conmigo.
Si alguien te pone entre la espada y la pared, date la vuelta y haz un túnel. Escapa.
Me besaba mientras me decía que me dejaba, mientras me abrazaba, yo le besé y le inoculé un mensaje en ese último legado de ternura y pasión que nos dábamos:
"Que te den."


